El río Ebro a su paso por Utebo

Solitario y pensativo voy caminando,
por la orilla resbaladiza del río Ebro,
a su paso por la inmortal Villa de Utebo.
Alejada luce sublime, su torre de espejos.
Me acompañan desnudos, los árboles en silencio.

Destacan las mimbreras, para hacer engaños.
El suelo está humedecido
y en algún lugar lleno de barro.
Eso me obliga a andar despacio,
cerca del agua entre guijarros.

Veo discurrir el agua turbia
y algunos restos de árbol.
De vez en cuando salta un barbo,
con la energía de un rayo.
¡Cuánto dice el río callado!

Desde la orilla observando,
oigo piar entre la maleza,
los pájaros ocultos con trinos de reclamo.
¡Cuánta vida existe a lo largo del cauce
y en la profundidad del fango!.

Poca gente disfruta de los encantos,
de este maravilloso río casi sagrado.
Es vecino del Pilar desde cientos de años.
A veces se desmanda anegando,
pueblos, huertas y veredas sin autorizarlo.

Atado a un tronco seco y resquebrajado,
tengo mi pontón, con los remos en descanso.
Quiero cruzar a la otra orilla solitaria,
para ver la fauna salvaje que vive en libertad
y en sus aguas pescar, carpas, lucios y barbos.

Al atardecer se filtran los colores,
entre las hojas del sol poniente.
Surge el revolotear de las aves,
con mil sonidos diferentes.
A la hora del sueño, todo queda en silencio.

Qué verdad más grande es,
que por donde pasa un río,
hay vega, trabajo y riqueza.
¡Respetad el discurrir del agua!.

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